Por qué SIRINGA    
 
Revist@ Digit@l del IES Ciudad los Angeles
Los alumnos escriben.-.Especial 25 años.
           
     

Una historia sobre Dios

por Álvaro Díez Moreno. 1º Bachillerato CCSS
 
 

Aún era de noche, no quedaba demasiado para que los primeros rayos del sol eliminaran de la tierra su lobreguez invernal y le dieran el calor que hasta la propia concepción de existencia precisa. Sus pasos le conducían por la calle Arenal de Madrid, rápida y alteradamente hasta llegar a la puerta de la iglesia de San Ginés, donde se detuvo por un instante para arrojar a los pies del pordiosero una moneda de cuyo valor ni siquiera se percató. Al fin y al cabo el acto del buen cristiano es el acto, no es filantropía propiamente dicha, pero sí una mezcla entre obligación y subordinación para conseguir los cielos, en los que quién sabe, puede que allí estén exentos de pobres que les eviten tener que regalar el dinero, si hay. Entró silenciosamente por la puerta como quien pretende no molestar al propio silencio tan frágil y tan etéreo. Se persignó ante la Cruz y avanzó con paso decidido hacia el confesionario.

Allí, moraba el cura leyendo un libro. Se acercó y se arrodilló ante el confesor. He pecado padre. El eclesiástico dejo el libro sobre el regazo, marcada la página por la que leía con el dedo índice, como quien espera que la coyuntura sea breve. Dime hijo, cuál ha sido tu pecado. He pecado padre, he buscado el placer carnal con otra mujer. Estás casado. Sí padre. Entonces debo entender que tienes una amante. No padre. Entonces deberé entender que has visitado un prostíbulo. Sí padre, eso es, esta misma noche, me arrepiento de todo padre, me arrepiento como humano que soy y como humano que yerra, dígame qué debo hacer para que Dios entienda mi arrepentimiento. El cura esbozó un gesto que declaraba la sensación de haber dado con el problema, tan común como el resfriado para el médico.

Dime, ¿lo habías visitado alguna vez más?. Sí padre, durante dos meses llevo acudiendo una vez por semana, todos los sábados, qué debo hacer. ¿Y pretendes que yo te lo diga? preguntó inquisitivamente el cura. Nunca deberías hacer nada de lo que de antemano sabes que te arrepentirás. Lo sé, respondió el pecador. Yo no puedo redimir tus pecados, pues a mis ojos eres menos digno de salvación que el mendigo que tú consideras como tal, y que a la entrada de este recinto sagrado pide limosna. Padre, qué oraciones debo procurarle al Señor para que él me perdone. ¿No te das cuenta?, no es Él quien te tiene que perdonar sino tu esposa. Qué dice padre, ¿está usted loco?, ¿cómo voy a decirle yo esto a mi mujer? No es Dios quien en el día final tocará las trompetas, no será Dios quien el día final juzgue, no será Dios quien derecho al submundo te enviará, no es Dios quien hoy oirá tus salmos y no es Dios quien debe perdonarte. Quién sino Él, es el único con poder y derecho para perdonarme, preguntó algo malhumorado. Tú mismo debes perdonarte, respondió compadecido. La puerta de la iglesia volvió a abrirse y otra sombra se hizo en la oscuridad para luego perderse sin hacer ruido. El cura reanudó su sermón particular. ¿De verdad crees que es el Todopoderoso quien sin saber tú mismo si te ha escuchado y, ni siquiera si te va a responder, será quien te perdone y te guíe por el buen camino? O por el contrario ¿eres tú mismo y tu voz más intrínseca quien clama el perdón? ¿Crees de verdad que estás en deuda con Dios o simplemente es el ego del propio hombre quien incapaz de superar su propio orgullo reclama a un tercero que redima sus actos malvados? Esto es surrealista, farfulló el pecador escandalizado. A usted no lo corresponden esas vestimentas sagradas, pues está poseído por el demonio. El cura para tranquilizarle le susurró casi al oído, igual que para amansar a la fiera que harta de látigo y espada, la dulzura de la caricia obliga a relajar todo el cuerpo y la mente. Voy a contarte la historia que, no verídica pero tampoco inventada ya que a estas alturas cualquier indagación sobre el tema católico es imposible de verificar, aconteció a Jesús en sus últimos días de vida.

Había salido Jesús en barca y sólo hacia el mar de Galilea cubierto de nubes, y por el que se sentía llamado por Dios. Allí conversó con su divino Padre y con el Demonio, que también estaba presente. Fue en esa barca, donde Dios contó a su hijo como moriría y con que misión. “Serás colgado de la cruz y las generaciones futuras acudirán a tu causa que es la mía. Mucha más sangre, aparte de la tuya, será vertida durante milenios.” vaticinó Dios.

“Entonces moriré como un mártir, ¿no padre?” exclamó Jesús desanimadamente.

“Así es, como tal acabarán tus días. Eres mi enviado, por tu boca yo hablaré, con tus manos realizaré milagros.”

“Y Padre, dime, si mi objetivo es tan sólo ser un mártir que con su causa matará a muchos más, qué destino me espera tras el doloroso fallecimiento.”

“Tendrás poder y gloria junto a mí, y pervivencia en la mente de los hombres.”

“Y usted Padre, qué consigue.”

“Demostrar que sólo existe un Dios verdadero, que es el Bien, y que libre al

Hombre de falsos dioses.” Lucifer, el ángel caído, aún no había abierto la boca, al fin y al cabo, él también era un mártir de Dios, pues el Bien no tendría significado sin el Mal y viceversa.

“Hágase tu voluntad pues” exclamó Jesús.

 
Durante tiempo estuvo Jesús predicando la palabra de Dios, sus milagros daban a las gentes la fe necesaria para seguirle a donde fuera. En concreto fueron doce quienes le siguieron hasta su muerte. La voluntad de Dios se estaba cumpliendo, Dios era el presente, el pasado y el futuro, Dios era el tiempo, lo era todo. Llegó un día en que Jesús se dio cuenta de la verdadera razón y de su condición, estaba satisfaciendo las veleidades de Dios, las cuales sólo traerían muerte y miseria ya anunciadas. Decidió pues, rebelarse y acabar de inmediato con el engaño al que estaba sometido y sometiendo. Y tan sólo podría hacerlo de una manera. Judas de Iscariote fue el único de sus discípulos con valor para denunciar ante los romanos, y por voluntad del Hijo, a éste, como Rey de los Judíos. Al día siguiente, una comitiva de soldados romanos condujo a Jesús hasta Pilatos, quien le condenó a la cruz por ser quien decía ser, Rey de los Judíos, la oposición ante Roma. Fue entonces cuando en el cerro llamado Gólgota, Jesús muriendo crucificado, alzó su mirada, y allí pudo contemplar la imagen de Dios que le sonreía desde los cielos. Entonces mirando hacia la ciudad santa que representaba la ingenua humanidad y que se erguía bajos sus pies, exclamó con su último suspiro: “Hombres perdonadle, pues no sabe lo que hace.” Y así es como terminó la vida de Jesús de Nazaret: breve, apasionada y finalmente infructuosa. Habiendo terminado el relato, tocaron las campanas las ocho de la mañana y nuestro apócrifo eclesiástico se levantó, salió del confesionario y se detuvo un momento para mirar hacia el altar mientras se despojaba del falso alzacuellos ante la atenta mirada del pecador que no daba crédito. Dejó el recinto sagrado justo en el momento en el que el verdadero párroco entraba por uno de los laterales de la iglesia, sin tener conocimiento alguno de que el propio Diablo trasnochaba en su recinto.